Las temperaturas han bajado y son más soportables que las de la última semana de mayo. Pero aunque esta ola de calor ya haya pasado, se esperan otras. La carrera por los beneficios, la explotación sin límites de la naturaleza y la organización irracional de la economía han convertido nuestro planeta en una bomba de relojería. Y ahora esa bomba explota en la cara de los trabajadores.
Porque es sobre todo para los trabajadores y los más pobres donde esto supone una catástrofe. Los más ricos se desplazan de un lugar con aire acondicionado a otro en coches que también lo tienen.
Las jornadas laborales agotadoras, los desplazamientos sofocantes en un transporte público abarrotado, las viviendas sociales y los edificios mal aislados que reflejan el calor como hornos de pizza, eso es cosa de las clases populares.
No hay límite de temperatura para su funcionamiento
A pesar de la ola de calor, el trabajo no se ha detenido ni en las obras ni en las fábricas. Incluso en las oficinas y los comercios, ¿cuántos asalariados se han visto atrapados en el trabajo con 35 o 38 grados?
Ninguna temperatura detiene a la patronal, porque la máquina de beneficios debe funcionar a pleno rendimiento. Un techador de 19 años fue enviado a trabajar al tejado de un edificio: el calor lo mató.
El Gobierno se niega a poner límites a la patronal. En su lugar, va soltando sus consignas de “sentido común”: beber agua, cerrar las persianas, ¡como si lo necesitáramos para eso! Luego, vuelve a sus ocupaciones favoritas: hacer ruido, algo que los ventiladores hacen mucho mejor que él.
Como en todo, el Gobierno remite a cada uno a su propia responsabilidad. ¡Como si fuéramos iguales! Es el patrón quien decide las condiciones de trabajo. Tiene a los asalariados en su poder, y ahí se trata de un poder de vida o muerte.
La inacción del Gobierno
¿Y el propio Gobierno, qué hace para reparar los daños de los que es corresponsable junto con los capitalistas contaminadores? Habla de “transición ecológica”, pero ¿qué ha hecho concretamente?
¿Acaso ha puesto bajo vigilancia a las industrias más contaminantes? ¿Ha limitado la circulación de yates y jets privados, como hace a veces con los automóviles? Nada de eso, porque no conviene enfadar a los más ricos ni perturbar los intereses establecidos.
Se habla de renovación de viviendas, pero esto avanza a paso de tortuga, mientras que tantas viviendas son auténticas hervidoras. Decenas de miles de expedientes están en espera por falta de financiación.
Macron alaba su plan de electrificación. En nombre de la transición a la electricidad, ArcelorMittal y TotalEnergies, que registran miles de millones de beneficios y se encuentran entre los principales responsables del calentamiento global, seguirán así captando millones de ayudas públicas. Sin un control real por parte del Estado y sin un plan global capaz de racionalizar la economía.
En lo que respecta a su responsabilidad, el Estado está por debajo de todo. Muchos de los 60.000 centros escolares son auténticas calderas. Solo el 10 % está siendo renovado. Así, los alumnos de bachillerato han realizado las pruebas del bachillerato profesional en aulas donde se superaban los 30 grados. Escuelas e institutos convertidos en hornos han tenido que cerrar sus puertas. En muchos centros, incluidos los hospitales, instalar contraventanas o, aunque solo sea, cortinas en las ventanas y plantar algunos árboles en el patio parece una tarea insuperable.
¡Nos toca a nosotros, los trabajadores, intervenir!
Al margen de la lucha contra el calentamiento global, las mejoras son posibles. El obstáculo no es técnico, sino político. La renovación del parque inmobiliario escolar costaría entre 40.000 y 50.000 millones de euros. Una suma importante, sin duda, pero del mismo orden de magnitud que la partida adicional de 36.000 millones para el ejército, aprobada hace dos semanas. El dinero que el Gobierno no encuentra para protegernos de la ola de calor, lo encuentra para preparar la guerra.
Quienes pretenden dirigir la sociedad se ven superados por la lógica ciega del capitalismo. Son incapaces de reparar los daños que éste ha causado e incapaces de impedir que cause otros nuevos. Lo que falta es el control de la economía por parte de la colectividad y de los propios trabajadores, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes.
Nathalie Arthaud
Editorial de los boletines de empresas del 1 de junio de 2026